lunes, diciembre 17, 2007

Solidaridad al año: Nos queremos morir

En 1990 tenía ocho años y la seguridad de que el último día de ese diciembre se iba a acabar el mundo. No iba a tener un perro ni a usar nunca uñas postizas, no estudiaría una carrera ni llegaría a tener 18 años y la vida resuelta, siendo, claro, un adulto en plenitud, como se piensa que se será 10 años después cuando se tienen ocho.

La víspera del año nuevo, no recuerdo, pero aseguro, fue calurosa y dejó esa sensación pegajienta en la piel que provoca el clima tropical, justo como no deben ser las fiestas decembrinas y como, sin embargo, fueron muchas para mí: sin árbol con foquitos y siempre demasiado cerca de la playa. No me acuerdo tampoco si tenía miedo o no. Seguramente sí por pensar en las cruces de sangre y las espadas de fuego y todos los cocos que acompañan a la idea del fin del mundo, pero casi estoy segura que no temía por morirme. Eso estaba bien, si se acababa se acababa y nimodo, ni perro ni uñas ni carreras ni ser nunca adulto mayor, si se acababa se acabó.

Con exactos 70 años más que yo, mi abuelita supone que si sigue viva es porque nunca quiso morirse, y ahora que ya quiere, o quizá, ahora que la muerte le es más inminente que para la mayoría, entre lo más grande que ésta le genera está el miedo.

Lo bueno de pertenecer a la generación que ya viene con el desgano y la desesperanza en la configuración de fábrica es que morirse o permanecer vivo vale más o menos para lo mismo, si acaso un poco de tristeza suavecita, de pudo haber habido para más, pero de miedo o de asombro ya no.

A mí desde hace 17 años se me acaban los mundos y desde hace 24 se me acaban los años, y es tiempo todavía que los fines defines los contemplo sin sorpresa y las muertes sin devoción. Pensando en esto ya no me extraña que la vida se me va sin sobresalto, porque cómo darle interés al mientras tanto si el al fin nunca me preocupó.

Lo bueno de tener ahora 70 años más que la generación de los que de vez en vez pero casi siempre se quieren morir es que el transcurso sirve, tiene sentido, y su final acaso da miedo, acaso respeto, pero nunca nunca da igual.

Quizá es cierto que antes se vivía mejor. Lo malo del antes es que ahora ya no. Y entre lo bueno y lo malo, aunque de lo primero casi no me tocó, pero (en compensación) sí capacidad para dramar lo segundo, de nuevo otro año ya se me acabó, y no se me ocurren más que estas consideraciones inútiles y sabor a nada como despedida, como honor a mi mal generacional, quiero decir, como celebración.


Adiós, año que vino, adiós.

4 comentarios:

Gran Fornicador dijo...

Hola, Gracielaqueescribehermososposts, hola.
(A algunos otros nunca nos daría igual tu muerte. Salú)

Sólo Soy Un Ojo dijo...

Te salvaste, justo venia a insultarte por tanto tiempo sin postear.

...ja ja uñas postizas.

Ya enserio, bonito post para cerrar el año.

Lilián dijo...

Maestra. Como ya dijo el Gran Fornicador (uh, qué nick tan pernicioso).

A mí me encanta toda esa onda indiferente. Me emociona y no me resulta indiferente, como sería lo adecuado. Pero son filosofías que merecen TODO mi respeto.

Abrazos deprimentes de fin de año, cuando todo cobra perspectivas alucinantes.

Adrian dijo...

Este post tuvo algo as'i como sabor a pedacera de oblea que venden (o complemento de hostia, como otrs lo vemos). Saludos desde otras vacuedades.