En Guadalajara primero está la tormenta. La lluvia de arriba a abajo, la lluvia oblicua, la lluvia que moja por todos lados. Quizá sales, no por otra cosa que necesidad, inocentemente resguardado por un paraguas, pero, claro, te lo voltea el viento. Los árboles se llevan los cables de luz en el camino a caer sobre una casa. Afuera, en cualquier lugar, un perrito ensopado le mienta la madre al cielo con ladridos porque se olvidaron de dejarlo entrar a donde pudiera refugiarse. No hay camellones, no hay calles, no hay nada, están bajo el agua que no se va por las alcantarillas, las que, por su parte, sí se tragan a los carros, a la gente. Pero después, de pronto, cuando menos lo esperes, en Guadalajara ya no está la tormenta. Descubriéndose arriba todo azul y con un saldo de menos paraguas funcionales, menos árboles, menos techos, menos autos, menos personas y menos ánimos del perrito ensopado que se deshace de la lluvia con una buena sacudida, el sol aparece. Como si nada hubiera pasado.


Diche
Andrómeda siendo 7/24/2007 05:18:00 PM